La Mansión

Relatos sobre experiencias (vividas, soñadas, deseadas...) de bdsm

La Mansión

Notapor Perroso » Mié Nov 28, 2018 12:18 am

Llego a la hora indicada. Toco y una voz femenina contesta en el portero “¿Quién es?” “Número siete”, contesto. Me abre y entro. La Secretaria es una joven de estilo ejecutiva, me señala una bandeja en su mesa, y allí deposito el tributo que se me exigió. Me alcanza otra bandeja, mayor, “Desnúdate, tu ropa aquí” ordena. Lo hago rápidamente, ella me observa, va a mi espalda y me pone el collar. “Detrás de mí”.

La sigo y entramos en la sala de espera. Se oye el chasquear de látigos, el silbido de las fustas y los golpes con los que las Amas imparten su disciplina en las salas anexas. Y sobre todo se oye, de cuando en cuando, el lamento de algún esclavo. “Ese es tu sitio, el siete, ahí esperarás. Amárrate”. Miro para entender la orden. “¡Rápido!” me insta la Secretaria, dando unas palmadas.

De la pared sale una barra de acero, terminada en un anillo, abierto. Me dispongo el anillo alrededor de mis partes, y lo cierro. La Secretaria le pone un candado, lo cierra con llave y la cuelga en la pared, ante mí, en mi puesto marcado con el número siete. “Las manos atrás”. Me esposa, y acto seguido, me pone un capuchón que cierra como una talega en mi cuello.

La oigo alejarse, apagar la luz y cerrar la puerta con un portazo. Estoy solo, esposado, con mis huevos presos sujeto a la pared, y en total oscuridad. El capuchón es de tela densa y estando cerrado me cuesta bastante respirar. El sonido de la disciplina y los castigos, los lamentos de los esclavos y las órdenes de las Amas me acompañan.

Estoy un tiempo indefinido, para mi largo. De golpe se abre la puerta, y oigo los tacones de la Secretaria. “Amárrate”, le oigo decir. Enseguida hay otro esclavo en algún puesto, cerca mío. Deduzco que no es su primera vez, pues no ha necesitado más instrucciones.

“Callados. No quiero oír ni una mosca, esclavos”

De nuevo en la oscuridad, ahora con el sonido de la respiración del otro esclavo a mi lado.

Una sala se abre. Una Ama se acerca al corral donde esperamos los esclavos. Oigo sus pasos dando vueltas detrás nuestro, evaluando su ganado. Se para tras de mí, me palpa el culo, me da un azote. Se mueve al otro lado, y la oigo manipular la llave. “Vamos. Deprisa, perro” Una voz joven dicta las órdenes, y la oigo entrar en la sala con el otro esclavo. De nuevo estoy solo, en la oscuridad. Otro rato largo. Ahora se oye el látigo aplicándose con fuerza. Un esclavo grita. Pide clemencia. “¿Clemencia?¿clemencia?” dice una Ama, mientras golpea aún con más fuerza.

Se abre otra sala, y oigo de nuevo a una Ama venir tras de mi. “Buff”. Suelta un bufido. Siento su respiración en mi espalda, no dice nada. Ahora su corsé se apoya en mí, mis manos esposadas tocando su falda a la altura de la entrepierna. Siento su respiración erizándome el pelo de la nuca, y su mano empieza a acariciar mi polla. Se me pone dura. Ella se separa y me da un palmetazo en el glande. Otro más. Y otro, cada vez más fuerte. Se me baja inmediatamente. Me susurra al oído “¿Te he dado permiso para empalmarte?” Y a continuación grita “¡¡Que si te he dado permiso, perro!!” No, contesto yo. Un feroz palmetazo con todas sus fuerzas me hace estremecer y aullar. “¿¿¡¡No, qué!!??” me grita al oído. No, Ama. “Me tratarás de Señora, perro. Tú no tienes Ama, solo eres un perro callejero y descastado” Si, Señora. La polla me arde.

Me descubre. Es una Ama mayor, debe rondar los sesenta. Viste absolutamente de cuero rojo. Sus labios son muy finos, su mirada es dura y no muestra empatía. “Mirada al suelo, ya.”

Me libera del restrainer y las esposas, me pone una correa y me ordena seguirla, “Deprisa, esclavo”, tira de mí y me entra con ella en una mazmorra.

Espero, a cuatro patas. La oigo escoger algún instrumento. “Sabes lo que te espera, ¿no?. No se pide ni se da clemencia, es la norma de La Mansión. ¿Lo tienes claro? Es tu oportunidad de largarte, ahora que aún puedes” Si, Señora, me quedo, Señora contesto. “Bien, esclavo. Así me gusta. Empecemos”.

El floger acaricia mi espalda, preparándola para recibir los azotes. Llegan despacio, suavemente. Casi no lo siento. Enseguida, un golpe más fuerte me hace temblar. Otro más. Ahora, en secuencia rápida, soy azotado con fuerza, siete u ocho veces seguidas. La Ama acaricia mi espalda, evalúa su trabajo. Una nueva ronda rápida, esta vez si, con verdadera fuerza, me hace doblarme del dolor. Se me escapa un gemido. “Quieto, esclavo. La espalda recta, venga.” Me azota de nuevo, de lado a lado, con dureza. Algunos latigazos alcanzan mis pezones. Aprieto los dientes. Solo estamos empezando. Mas caricias, y enseguida, de nuevo los azotes.

La Ama se planta ante mi, veo sus botas. Ahora lleva un látigo largo que despliega hasta el suelo ante mis ojos. Me pisa una mano. Me planta el otro pie en la espalda, y me clava el tacón. Aprieta, mueve el tacón, como queriendo atravesarme.

“Tírate al suelo, gusano, venga. Arrástrate a mi y lame”. Eso hago. O eso intento. Me arrastro ansioso por lamer sus botas. Pero la Ama me esquiva, e inmediatamente, siento el chasquido del látigo y su beso un mis nalgas. “Arrástrate, esclavo. Arrástrate, vengaaaa”. Los latigazos se suceden, el dolor de mis nalgas es intenso, la Ama continúa esquivándome y yo intento alcanzar con mi lengua su bota. Finalmente me permite alcanzarla, y empiezo a lamer. “Lame, perro. Lame como el perro que eres”. Ahora el látigo golpea con verdadera furia. Aúllo de dolor.

“No te quejes, gusano. No te quejes y lame bien”. El castigo continúa, al látigo le sucede la pala, soy postrado en el cepo, y allí me espera lo peor: una fina vara de madera silba en el aire mientras golpea mi culo. Me retuerzo y grito, pero eso no para a la Ama. Siento como el castigo desgarra la piel. Quiero pedir clemencia, quiero gritar Pare, por favor… pero no hay código ni límites, es la norma, y yo la acepté. La Mansión no es lugar para espíritus débiles.

Finalizado el castigo, estoy sollozando. Pegando su regazo a mí, la Ama acaricia mi cara. “Buen perro, lo has hecho muy bien”. Tengo ganas de romper a llorar, pero permanezco fuerte. Me voy recuperando. La Ama lo intuye, es el momento de continuar con la última parte de mi disciplina.

La Ama me deja y al poco vuelve ataviada con su arnés. “Abre la boca bien, puta, y chupa”. Me esmero en hacer una buena mamada, para complacerla. Aún estoy en el cepo, de la forma más adecuada para recibirla. Siento como lubrica mi culo, y enseguida, como me la clava. Lenta pero sin pausa. Me duele y aúllo, no puedo zafarme de ninguna forma. “No quiero oírte, perra. Calla”. La orden va acompañada de una embestida y un latigazo en mi espalda con un flogger. Cada quejido mío es respondido con un nuevo azote. Soy enculado y con el strapon dentro del todo la Ama masajea mi polla. “Ahora ya no se te pone dura, ¿eh?. Pues eso me da una idea”.

Me libera. Me hace arrodillarme ante ella. “Pajéate, venga. Delante de tu Ama, ya”. Me cuesta tener una erección, estoy intimidado. “Venga, perra, esa polla dura ya”. Lo consigo y me pajeo como me ordena. “Basta. Para ¡¡YA!!” me ordena a punto de mi orgasmo. La polla me late.

“Abre la boca”. Se sube la falda, no lleva bragas y planta ante mi cara su coño, mojado, oliendo a hembra.

El chorro me sorprende, pero no aparto la cara. “Traga, perro. Trágalo todo”. Casi toda su lluvia acaba dentro de mi boca. “Limpia, venga. A lamer”. Lamo con devoción el coño de la Ama, procuro que quede bien aseado por mi lengua. “Eso es. Bien, perrita. Venga, quiero ver cómo te corres”. Así lo hago, estoy muy excitado y enseguida me voy sobre sus botas.

“Perra, ¿me has manchado las botas?. Pues ya sabes lo que toca. Limpia”. Y así lo hago. Es la primera vez que pruebo semen. El mío. Es salado. Me sorprendo a mí mismo, admirado, por lo fácilmente que soy capaz de pasar un nuevo límite. Y veo que la Ama lo intuye. “Buen perro, buen perro”. Gimo de placer. “¿Volverás a ver a tu Ama pronto?”.

Por supuesto, por siempre, mi Ama.
"Que buen vasallo fuera, si hubiese buena señora".
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