El sirviente

Relatos sobre experiencias (vividas, soñadas, deseadas...) de bdsm

El sirviente

Notapor rosova » Jue Sep 10, 2009 7:29 pm

“El sirviente”


Cuando decidí expresarle mi agrado ella apenas sonrió. Creído de mi, pensé que era tímida, característica común en las sumisas. La agarré del pelo y la besé como a una mujer, como a una gran mujer que se entrega voluntariamente a los deseos de un hombre. Cuán inocente fui en aquel momento y sin embargo no me arrepiento de haberla conocido, y jamás lo haré porque fue lo más auténtico que viví en toda mi vida, el amor de mi vida, el error de mi vida.

Sus hermosos cabellos se enredaban en mis dedos y su cuello, largo y delicado parecía a punto de romperse cada vez que yo, con mis estúpidas manos lo rodeaba en un intento por hacerla mía cada vez más.

Poco a poco, mi pequeña gatita, mi niña de ojos de avellana y estilizada figura comenzó a convertirse en mi obsesión. Deseaba jugar con ella a todas horas y en todas partes. No me importaba nadie más, el mundo se podía acabar y con él sus gentes, personajes carentes de sentido o valor alguno para mi. Yo sólo deseaba a Sara. Ella siempre complaciente, entregada, perfecta como sumisa. Sin embargo, su pasmosa tranquilidad fue la que hizo brotar en mi interior lo peor de mi ser. No se estremecía con mi presencia, no lloraba mis ausencias, mis castigos no perturbaban la luz de sus pupilas, ella siempre sonriente, dada, hermosa, dócil.

Entonces lo comprendí, lo entendí, Sara no era ni sería nunca mía. Su entrega y dedicación, su devoción hacia mi eran superfluas, y todo en ella se descubrió ante mi como una gran mentira. Todo un circo en el que yo el Amo me había convertido en el Sumiso. Sí, sí, sometido a su belleza, a sus encantos y a su gran devoción. Esta maquiavélica mujer me estaba convirtiendo en su esclavo. Poco a poco, con su dulzura, con su humildad y yo, un idiota, creído, insolente y arrogante no me había percatado de ello.

El amor y el odio que sentía por Sara me impedían abandonarla y por mucho que yo cambiase mi actitud, ella parecía tenerlo todo bajo control. Conocía mis reacciones porque yo le había permitido entrar en mi interior. Como un cáncer que lenta pero inexorable se va apoderando de tu cuerpo, envenenando las células vitales, Sara había penetrado en mi interior y descubierto el talón de aquiles.

Una noche, volví a casa como de costumbre y allí estaba ella. Tumbada en la alfombra, completamente desnuda. Su piel, de un blanco casi transparente contrastaba con el negro de sus ondulados cabellos. Su boca, una cereza. Sus pechos, dos manzanas rojas, dulces. Todo en ella era comestible. La insolencia de la juventud se reflejaba en su rostro, en su sonrisa, que no había cambiado desde el primer día, y que me decía “Estúpido, estúpido, has caído en mis redes y los dos lo sabemos, ja,ja,ja” La odiaba tanto y era tan bella al mismo tiempo. Me acerqué por detrás y la abracé tan fuerte como pude mientras decía su nombre una y otra vez: SARA. Me saqué del bolsillo un pañuelo de seda rojo que solía llevar conmigo cuando Sara y yo jugábamos en la calle, sujeté los extremos con ambas manos y lo pasé alrededor de su cuello de cisne. Mi pequeña no sabía nada y agachaba la cabeza para besar mis manos. Jamás la olvidaré.

Te quiero Sara
rosova
 
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